ENTRE PINOS Y ENEBROS
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   RECUERDOS DE... CASI MEDIO SIGLO

     


Josoro en el pueblo de Aylagas (Década años 50)

Allá por los años 50 llevaba ya algunos fuera de mi Burgo de Osma y defendía mis necesidades vitales en la gran ciudad, cuando me aconteció una pequeña dolencia que, si bien no tuvo la menor importancia, me dejó bastante débil y precisaba de una pequeña recuperación. Toda mi ansia era volver a mi Burgo de Osma para reencontrarme a mí mismo y pasar un mes de descanso, cuando los míos, quizás sabedores del gran atractivo de la Villa episcopaliana, dificultaría sin duda el fin propuesto, ya que su familiaridad y dinámica me entretendrían entre la mocedad del lugar y no guardaría la recomendación facultativa del relax y buenos alimentos…

A ellos se les ocurrió que me sería más provechoso para la salud hacer vida de ermitaño, bueno no tanto, pero sí recogerme en lugar menos accesible y festero, menos multitudinario y más limitado, al par que de aires más limpios y clima mas seco… y decidieron que fuera a pasar "mi mesecito de vacación" al recoleto y entonces "aislado" pueblo de Aylagas. Era cierto, a la sazón nos dejaba el coche de línea que desde San Leonardo bajaba a El Burgo y a la inversa -creo recordar que su chofer se llamaba Cristóbal- y antes de acceder a esa ¡enorme cuesta por nombre La Galiana!, nos dejaba en Ucero y desde allí, ladeando el pedregoso y mal llamado camino, costeábamos El Castillo, que fue del Obispo Don Juan de Ascarón y, si mal no recuerdo, en una de mis posteriores visitas más detalladas, pude comprobar que aún guardaba alguna policromía en los restos de las vigas que quedaban medio desprendidas en la Torre del Homenaje. Íbamos a pie, con los mulos cargando las maletas, y por la Lastra y su desdibujado camino nos acercamos entre viejos enebros y buenos roquedos hasta el escondido pueblo.

Mi hospedaje fue a parar a casa de Don Pedro Aylagas -para no desmerecer su antecedente del lugar- antiguo alcalde y familiar de mi padre, donde a la sazón compartían el hogar de su hijo Eloy y su esposa Cipriana, puesto que su otro hijo, Alfredo, era mi compañía y guarda, para buen guía y mejor ejemplo. La casa era de ese rústico propio, con buen zaguán a la entrada, a la izquierda la sala, al frente la clásica cocina castellana, con su hogar de pared y chimenea cónica, teniendo ad_hoc, perdón adosado a su fondo derecha el horno, donde volví a tener la grata experiencia de de ver amasar y cocer pan, que ya hacía unos años había perdido su sensibilidad… ¡y sus tortas de aceite que me hacía mi tía Flor! Al fondo la Cuadra y el Corral, piezas de por sí importantes y entonces vitales por aquellos parajes. Arriba los aposentos, con su buena alcoba con balconada y otra habitación, que fueron nuestro premio.

Gratos fueron los días pasados allí, empezando por el recibimiento del pueblo entero, a la sazón en las duras tareas de siega y trilla, que me sirvieron para ¡esas tan sabrosas sopas de vino, como primer saludo!, y por supuesto para revitalizar recuerdos semi-olvidados de lo duro que era la lucha entonces, que la siega "era a golpe de hoz y de riñón y con zoqueta, por aquello de no segarse el "dedo".

A pesar de tantos años y lo corto de mi estancia, aún recuerdo muchos nombres, algunos, por supuesto estarán confundidos, otros, seguro ¡serán historia ya! Entre los mozos estaban Faustino, Cristóbal, Pedrote, Joaquín, Lucas -¡el sacristán!-, Juanote, Miguel, Salvador, Juanito, y alguno más, con los que tuve buenas charlas, amenas fiestas al estilo del lugar, alguna salida a Fuentecantales, a danzar al son de la gaita del Tío Eulogio y Lucas o su padre al Tambor…

No había agua en el pueblo y hacía poco que habían instalado la luz, tanto así que a la sazón Alfredo y yo llevamos el primer aparato de Radio, montado por un hermano mío, que ¡mal de males! se nos olvidó llevar el "estabilizador" ya que la corriente allí ¡era demasiado alterna! y al poco se le quemó el transformador, debiéndolo volver otra vez a origen para cambiarlo y, claro está, proveerle del aparatejo regulador… ¡todo ello a lomos de mula o borrico!

Recuerdo que la Maestra -entonces habrían sus buenos 20-25 niños-niñas- era de Salamanca, de media edad (38-40 años) y los mozos con su cazurrez y picardía, cuando habían trasegado unos vinos en casa de tío Agustín, que hacía las veces de tabernero del lugar, se "empeñaban" en hacerle la ronda cantando "graciosas" tonadillas propias del lugar… para después echar a correr no fuera que les viera. Recuerdo también por aquellas calendas tomó posesión un Párroco nuevo en Ucero, que tenía para sí también las Iglesias de Aylagas y Fuentecantales y alternaba los domingos, a cuyas celebraciones asistíamos Alfredo y yo. Era Don Rodrigo, casi recién salido del Seminario, con esa candidez propia de la inexperiencia y que le valió mucho nuestra "visión" de las cosas.

En el pequeño campanario adosado a la Espadaña, los mozos alternaban a ver quién le daba mejor a la mayor, la volteaba más deprisa y plañía a veces "a rebato" más que a Misa. Los más se quedaban en el rústico y escondido coro, donde se gastaban sus bromas, y de paso acompañaban al latín del Lucas, que para si lo quisieran en gregoriano puro muchos de los que cantan motetes hoy.

Era un gozo ir por aquellos caminos y reposados, ya por el pinar o el enebral, ya por Cuesta Marta o Los Castillejos, ya por las tierras someras y los peñascales de salar a las cabras, ya por El Cubillo, o más allá , poco a poco, hasta Valdeavellano. Si con tiempo, hasta la Nava, a medio camino de Valdealvillo o con mayor energía, al río Sequillo, o ladeando Cuesta Galiana y el Pico del Santo hasta el Cañón del Río Lobos y San Bartolo.

Cantalucia era otra de nuestras excursiones, y allí, de paso, si se terciaba, comprábamos un par de gallinas o unas ristras de chorizo… ¡siempre que nuestros bolsillos lo permitían! Una "sábana verde" no se veía demasiado… ¡y además era de las efigies de los Reyes Católicos, recién salida o más antiguos!

Ucero, por supuesto, y principalmente la Taberna-Bazar-Estanco-Correos-Estación de Felipe "El Lobo", que ya iba con cachaba y su pierna renqueante y era su hijo Faustino quién nos hacía los honores. A veces en compañía de Don Aníbal, el Médico, alguna de Don Eugenio, el viejo maestro retirado y otras buenas gentes del lugar que siempre gustaban "preguntar".

Pero los dos recuerdos más bellos fueron "nuestras conversaciones" con los viejos del lugar "haciéndoles ver que era la Tierra la que daba vueltas alrededor del Sol" y mis lecturas de "Las mil y una poesías", allá en el atrio de casa de Tío Pedro, donde mozos y mozas, y adulos y bien adultos, gustaban oír leerles "El Embargo", de Gabriel y Galán, en el que se identificaban… Era una muestra de la universalidad de la cultura de Castilla.

Pero corramos un velo y subámonos a Cuesta Galiana para desde allí otear todo el plegamiento del Cañón y el rasgar de alas de buitres y quebrantahuesos allí a nuestros pies…

Josoro-86         

 

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