"Tío Pedro" y esposa
Entre las etapas más hermosas y recordadas de mis estancias en Soria, que han sido diversas y en varios significados puntos, ya que El Burgo, Ágreda, San Leonardo y Soria fueron ese gran rosario de experiencias y vivencias en el conocimiento de nuestras cosas y gentes, hubo una de orden menor, repetida en varias ocasiones, que me ayudó a escribir unas cuantas páginas de mi historia personal y todo un ramo de experiencias notables que han marcado cierta formación en mí, me refiero a mi paso por Aylagas, el pequeño pueblecillo casi a la sombra del Castillo de Ucero, en un pequeño valle interior, a la orilla de esos chorrillos de agua que manan los pequeños juncales por los albores de otro pequeño pueblecillo, casi ya abandonado, que es Cubillos.
No voy a enumerar aquí la historia o hechos significados de Aylagas, que no los tiene o son muy escasos, bien que sepamos el origen del nombre, su dependencia de los Señores de Ucero, las pequeñas etapas de construcción de su Iglesia, las Fiestas y devociones –muy significada de la Virgen de Mayo- y todas esas efemérides que sin duda tiene cual casi todos nuestros pueblos, que indudablemente tuvieron etapas álgidas y vivenciales, perdidas en el tiempo.
De Aylagas, lo primero que recuerdo fue esa espontánea invitación a “sopas de vino” que me hicieron unos vecinos segadores, primeros habitantes que conocí y en pleno Agosto, algo nuevo para mí, pues si no desconocido, si jamás practicado. Después el recuerdo vago de un “potrero”, allí en su pequeña plaza, por bajo del magnífico olmo que ancestralmente la preside y que es buena y singular sombra. Al instante, la chiquillería, que allí a las escaleras de la Escuela, se movía con algarabía. El Ayuntamiento, en edificio añejo, que me asombraba por su pequeña dimensión, acostumbrado como estaba a hallarlo instalado en el mejor edificio de cualquier lugar. Recuerdo que aún los lugareños le denominaban Casa Concejo.
Mis gentes, buenas y trabajadoras gentes, vivían en el sector que ellos denominaban “Covaleda”, que nunca supe por qué, si bien entendí que por ser la parte alta, ya camino del bosque o medio-pinar y posiblemente por su dirección Norte. Casa clásica de adobe, rebocada, mirando a mediodía, con su buen balconcillo de herrería, puerta clásica de doble hoja, superior e inferior, ésta cerrada con su trancón y su gatera –guardallaves, también- y aquella con su pequeño portillo. Tras ella el zaguán, al fondo el portón de la cuadra, a la derecha su pequeña escalera en madera de pino, a la izquierda la cocina, y antes, también a la izquierda un comedor con alcoba amueblada con esa rusticidad de los labriegos.
La Cocina era todo un poema, de unas seis varas por ocho, a la izquierda el clásico hogar con sus trébedes, tenazas, gancho, para la matanza, etc., en escaloncillo subido, bordeada por los clásicos bancos de madera, con respaldo para proteger del frío –alto por encima de la cabeza-, al fondo la tinaja, las cántaras en su banco o cantarera, la pequeña mesa, la artesa de amasar y todo un rosario de calderos, sartenes, cazos, etc., colgados de la pared, aparte de una pequeña alacena en madera donde se depositaban los modestos platos y vajilla, de muy escaso uso salvo en fiestas o cuando algún forastero cual era yo.
Pero además de todo ello tenía otras peculiaridades que nunca olvidaré, principalmente su forma cónica de chimenea central por donde, en los momentos de silencio y descanso, veíamos subir las pavesas o por donde entraban, en ocasiones pequeños copos de nieve o gotas de agua; encalada hasta arriba, poco a poco se tornaba gris y negra. A la derecha estaba el horno, era casa buena que no precisaba de horno comunal; y al lado cruzadas, las dos palas, corta y larga, cada una para un fin. Por encima, con alambre atravesada, la adornaban unas ristras de chorizos, buenos trozos de tasajo o tocino y, sin paralelismo, alguna cecina de cabra.
En la parte de atrás, la cuadra, con sus dos caballerías –mula y yegua-, su infinidad de gallinas, su cortijo con dos puercos rollizos, sus montones de heno y ese olor, que no hedor, que siempre han tenido las casas labriegas. A su derecha, creo, el pequeño granero.
Traspasado otra vez el zaguán y puertas afuera, en el pequeño patio, casi atrio, resguardado por una pared lomera a base de buenas piedras, un apoyo y un buen banco de viejo enebro permitían tomar el sol matutino y a su vez, en el atardecer, recogían la sombra del viejo y follado nogal a cuyo amparo oíamos las historias de los viejos del lugar y ellos, en su afán de conocer mis interrogantes historias y experiencias de forastero. Un pequeño huerto, rodeado de buen muro de piedra de apenas una cuadra de extensión, recogía cuatro berzas y lechugas y daba cabida a un pequeño pozo de agua no potable pero si de riego.
A su izquierda, cuatro metros hacia abajo, el casillo donde se guardaba la leña y la pequeña cuadra donde seguía guardándose desde luengos años el ganado cabrío y lanar, pues que en la casa no había vacuno, aunque sí en otro tiempo.
Mis mañanas, en las diversas etapas que allí pasé, me permitían unas primeras horas de contemplación y sosiego en aquel atrio, allí se acercaban vecinos y vecinas, primero curioseando, después haciendo tertulia y oyendo mis historias, fantásticas unas, reales otras, que dieron paso casi a una verdadera peña con jóvenes y mayores, a veces para disgusto de algunas madres que veían en ello una forma de perder el tiempo, cuando debía irse a por heno o tan sólo a por unas cántaras de agua a la fuente.
Frente a mí, la llamada Cuesta Marta, al otro lado del Valle, pasando un pequeño riachuelo, la gran Alberca, nunca aprovechada, los lavaderos públicos, las huertas, y todo un largo camino que conducía a robledal llamado por ellos “Las Navas”, a caballo
entre el pueblo y Valdealvillo.
Muchas cosas más os contaría, su paisaje, sus lugares, sus gentes, los momentos álgidos y bajos que toda sociedad y época tienen y que, recogidos y vistos bajo prisma
forastero, tienen todo el sabor de una experiencia distinta y nueva, que hoy muchos gustarían recordar conmigo.
Josoro-81
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