Experiencias de un inexperto
    (<<)
   AYLAGAS, EL TUTE Y YO

     


Casa reformada (Antigua taberna de Aylagas)

El tute, más que el guiñote, es una de nuestras distracciones, tanto o más quizás que el mus que no es dominado por todos y sólo los agudos y aguerridos lo juegan a placer y con sabiduría, así, entre acto y acto, entre día y día siempre hallamos “quorum” para una mesa a “cuatro” que por parejas nos permita “jugarnos” esa cerveza o ese “chato” que, al par de conseguir la victoria, crean y dan aliciente al encuentro.

Pero el “tute” es sólo el motivo para entrar en diálogo, y así vas conociendo y afianzándote en amistad y en aprecio de unos y otros, gentes todas de por ahí que aquí se vuelcan con mayor corazón y cariño, con un afecto que quizás en el propio lugar apenas pasaría de una ligera o superficial amistad.

Estos encuentros traen o llevan consigo recuerdos y hechos vividos que se guardan en el “almario” de cada uno, y en el mío, como es muy hondo, surgen con fuerza singular y me distraen, tanto, que a veces pierdo la partida!... por supuesto con gran disgusto para mi pareja, que siempre gusta jugar “a lo campeón”.

Recuerdo que allá por los años 54, en unas alargadas vacaciones que me sirvieron de recuperación para pasada dolencia, no grave pero sí cansina, mis pasos se dirigieron no ya a mi querido Burgo de Osma, donde la familia, que me atendía con devoción y esa Ágreda que tan gratos recuerdos y vivencias tuvo en mi niñez y precocidad, ni tampoco a mi querido San Leonardo donde también pasé algunas etapas divertidísimas y por lo tanto formantes para mi espíritu, sino en un pueblo muy pequeño del Valle del Ucero, de apenas 40 vecinos, hoy sólo 10 ó 12, me refiero a Aylagas, donde unos primos ¡me guardaban siempre lo mejor!

Yo nunca fui demasiado dado al juego de naipes, sabía eso sí, los movimientos y cálculos normales de esos distraidos subastado (subastao, para nosotros), tute, guiñote, brisca, julepe y poco más, pero allí y en ello encontré muchos motivos de gozo, de verdadera ilustración y, por consiguiente, de penetración en el alma campesina y humana del lugar que fueron, ciertamente aperturadoras de mi espíritu, un tanto condicionado al desenvolvimiento ciudadano que llevaba conmigo en las últimas etapas.

Creo que la apuesta era de un mínimo, me parece que el porrón de vino y los cacahueses, pero suficiente en un medio donde corría el dinero y cuando ¡un duro, aún era un duro! Recuerdo que no tenía pareja o compañero especial, pero si había uno que prefería dado “que era gato viejo”, uno de los mozos más veteranos, “El Plácido” como así le llamábamos. Aún tengo los nudillos de mi mano derecha un tanto dolidos de aquellos golpes que lanzábamos sobre la rústica y brillante mesa de la taberna del lugar, que apenas se componía de dos bancos sin respaldo y una mesa para cuatro, era la casa “del Agustín”, buen labriego y fino cazador, padre de seis criaturas, Milagros, Juan, Miguel, Agustina y Encarnita, a la sazón en el lugar, y Luciano al que conocí más adelante en mis tardías repeticiones.

Contra Plácido y yo jugaban como aviesos rivales generalmente otros pícaros jóvenes –mozos, según los términos del lugar-, Joaquín que casaría posteriormente con Milagros, Lucas –el sacristán y a veces Lamberto-, Víctor, Feliciano –yo le llamaba “el pelucas”-, Juanote, el hijo de Agustín, etc, quienes ¡me hacían sudar la gota gorda para defender mis cacahuetes!, y en especial Pedrote.

Otrora, cuando los jóvenes estaban ajetreados con los fuertes trabajos labriegos, empalmaba mis juegos de tute con los viejos y adultos del lugar, el tío Eulogio –que fuera buen gaitero de la comarca, a pesar de no saber música-, su cuñado el tío Julián, Luciano, el Alcalde, creo, y unos y otros ya no tan “viejos” que a la puerta de Casa Agustín “me disputaban” una partida o porrón, cual Martín, Francisco (si le dejaba su esposa María) etc., quienes generalmente “me ganaban” un mucho porque sabían ¡más que Lepe!, y un cuanto porque yo, generalmente , me distraía con su característico lenguaje, que se iba grabando en mi mente en ese absorver su espíritu que iba ganando mi alma poco a poco y que hoy, posado ya el torrente de sus lecciones, me sirven para entender al campo y al campesino en su verdadera dimensión.

Nunca fui labrador ni fueron los míos, al menos los directos, pues alguno que otro si se emparentó, pero sí –en aquellas etapas- aprendí a “robar gamones” para echar a los cerdos (estaba prohibido por el Ayuntamiento, so pena de multa de un real) emparejado con algún Concejal que me llevaba al monte, o a hacer “carbón de encina” allá junto al modesto pero bonito pinar, donde ya no crecía o llegaba el enebro o la sabina, y supe lo que era “capar” un macho o hacer un cebón, o lo doloroso que es ¡tener que llamar a un médico de Ucero! (bueno, al único por aquellas calendas, D. Aníbal), o tener que desplazarse a Fuentecantales a oir Misa dominical alterno...

Tiempos felices que me llevaban a las Fiestas de Cantalucia y Herrera, a Ucero como “villa y puente hacia la civilización”, a esa Cuesta de la Galiana, a ese Pico del Santo, al Cañón del Río Lobos, a San Bartolo, a Valdeavellano –de donde tengo buenos amigos-, a Valdemaluque a buscar “carne recién muerta” o “cervezas” a base de alforjas y mulo. Tiempos que pasaron como pasó “el aceitero con su carro” pues hoy tiene ya furgoneta; tiempos que la máquina, la televisión, la calculadora digital, los satélites o los mil y un “cachivaches” de esta vida moderna han acabado de enterrar, dejándolo para nuestros futuros etnólogos, historiadores, arqueólogos puedan “desentrañar” un día, quitándole el polvo a esos viejos pergaminos de sacristía o a esas piedras de las viejas iglesias y tumbas que a sus espaldas tienen depositados los restos de nuestos ancestros.

¡Sí, ya sé que aún queda algo, que no se han liberado todos nuestros pueblos y que siguen luchando casi románticamente, heroicamente, en ese abrazo de las civilizaciones y los tiempos!

Josoro-82         

( /\ )

(<<)